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La guerra ruso-japonesa

En febrero de 1904 estalló la guerra ruso-japonesa, motivada por dos causas. Por un lado, debido al interés del zarismo de desviar el descontento popular hacia un motivo exterior. El Ministro del Interior, Pleve, había escrito en una carta al Ministro de Defensa poco antes de caer durante un atentado terrorista: “Para evitar la revolución, lo que nos hace falta es una pequeña guerra victoriosa”. Pero también estaban las reales contradicciones entre el interés imperialista del zarismo y el de Japón. Pese a su carácter general atrasado, a su aparato político semi-feudal y al control de su economía por parte de los capitales financieros francés e inglés, el zarismo mostraba ambiciones imperialistas, controlando colonialmente a Polonia, los Estados Bálticos, Finlandia, el Cáucaso, los territorios de extremo oriente y Asia Central. Este interés de control se extendía hacia Turquía, Persia y, especialmente, China. El zar ordena la invasión de Manchuria, en territorio chino, tras lo cual se origina la respuesta japonesa.
Los japoneses consideraron esta ocupación como un intento de bloquearles su expansión hacia el Asia continental. Luego que el partido pro-guerra tomó el control del gobierno japonés en el verano (nuestro invierno) de 1903, Japón estuvo listo para avanzar y atacó la flota rusa en Port Arthur, la cual cayó once meses después, luego de una encarnizada lucha que costó la pérdida de 28.200 soldados rusos.
Tras un breve período de entusiasmo patriótico, en Rusia empieza a manifestarse un sentimiento derrotista. La “pequeña guerra victoriosa” que pretendía el zarismo, se convierte en su contrario: una guerra que acelera el derrumbe del régimen y el desarrollo de una situación revolucionaria en Rusia.
Mencheviques y bolcheviques no respondieron de igual modo a la guerra. Los primeros sostuvieron una posición pacifista, mientras los bolcheviques plantearon una política abiertamente derrotista. Las diferencias se hicieron más evidentes en cuanto a la posición asumida frente a la burguesía liberal, la cual después de un momento inicial de apoyo “patriótico”, abierta o encubiertamente, tenía expectativas en que una derrota del zarismo obligase al régimen a impulsar reformas.

En un primer momento el crecimiento de la impopularidad de la guerra benefició a los liberales, quienes realizan una gran agitación por reformas, por una nueva constitución más democrática, impulsando esta campaña con peticiones y otras medidas. Los mencheviques sostuvieron una posición de seguidismo a los liberales. La “nueva” Iskra, bajo la dirección menchevique escribía: “Si se examina la arena de la lucha política, ¿qué se ve? Dos fuerzas solamente: la autocracia zarista y la burguesía liberal, que se ha organizado y ejerce ahora una influencia considerable. La clase obrera está diseminada, y no puede hacer nada; como fuerza autónoma, no existimos, y por eso debemos sostener, alentar a la burguesía liberal, y no asustarla en ningún caso con reivindicaciones proletarias”. Esta línea seguidista de la burguesía liberal llevará a la ruptura de Parvus y Trotsky con los mencheviques.
Lenin se opuso completamente a los planteos de los mencheviques: “Nos pedís que no asustemos a los liberales ni a los nobles liberaloides; pero, ¿no veis que sois vosotros mismos quienes tenéis miedo a las sombras del liberal asustado? Pretendéis que no hay más que dos fuerzas dignas de ser tenidas en cuenta: la autocracia rusa y la nobleza liberal. Pero no habéis observado que, además de estas dos fuerzas, existe otra, formidable, soberana: la clase obrera. Esta ha crecido políticamente, se desarrolla y se organiza rápidamente, en previsión de la revolución, y aunque su partido sea clandestino y aunque ella misma esté perseguida, es la fuerza motriz, principal, de la revolución. Habéis olvidado que el proletariado tiene su misión particular y que su papel no es simplemente optar entre el zar y Roditchev, entre la autocracia y la constitución liberal. Habéis olvidado que la clase obrera tiene su camino distinto, camino que conduce a la unión con los campesinos, a la verdadera revolución popular, que desarraigará la monarquía, abolirá las supervivencias del feudalismo, realizará la dictadura democrática del proletariado y de los campesinos, debilitará a los pomiestchiks1 y será el primer paso hacia una revolución proletaria verdadera.”
Aquí se entiende que las primeras diferenciaciones entre bolcheviques y mencheviques no eran vanas, que la discusión de los estatutos y del comité de redacción de Iskra fueron los síntomas de una diferencia política que se iba perfilando cada vez más. Esto se expresa mas claramente durante la guerra, cuando la política de Lenin es independencia y hegemonía del proletariado y la de los mencheviques es seguidismo a la burguesía liberal. Esto no quería decir que los bolcheviques no participaran del movimiento de masas: saludaban e impulsaban la intervención audaz de los obreros y estudiantes bolcheviques en los actos y banquetes convocados por los liberales, planteando la ligazón entre la lucha contra la autocracia y las demandas proletarias, oponiéndose a la política liberal de buscar una salida negociada con el zarismo.
Mientras tanto, los bolcheviques se van reagrupando. En agosto de 1904, Lenin convocó a una conferencia en Suiza en la cual participaron veintidós dirigentes bolcheviques. Esta conferencia resuelve editar un llamamiento titulado Al partido, que tuvo buena aceptación en los comités locales, donde Lenin iba ganando fuerza pese a que los dirigentes históricos estaban entre los mencheviques. Poco después los bolcheviques deciden sacar una publicación propia, cuyo primer número salió el 22 diciembre de 1904, llamado Vperiod (Adelante, en ruso).
Dos semanas más tarde tenia lugar el “Domingo Sangriento”. En el interior de Rusia, los bolcheviques contaban con el “Secretariado de los Comités de la mayoría”. Pese a este reagrupamiento, su situación, frente al estallido de la revolución, era de una fuerte debilidad organizativa.


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